La Edad Media

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La destreza en el oficio

En la Edad Media, las profesiones con más valor eran las que generaban un valor añadido a los productos y daban un mayor bienestar a las personas que adquirieran el producto.
Estas labores eran las que hicieron fuertes el comercio e hicieron que se diera la transicion y consolidacion del Renacimiento.
Estos oficios eran la base de todos los gremios. Si no habia oficio, no podia establecerse un gremio.
Para pertenecer a este gremio, era muy importante mostrar una gran destreza en el oficio, un gran manejo de herramientas y la creacion de las mismas.
Su organización era jerárquica y establecían tres categorías:
Aprendices: Trabajaban sin sueldo de tres a seis años en el taller de un maestro conviviendo con él y aprendiendo el oficio.
Oficiales: Artesanos especializados que cobraban salarios. Estaban guiados por un maestro.
Maestros: Dueños de los talleres y de los instrumentos de trabajo.
En taller-casa vivían los aprendices que empezaban a aprender el oficio a los 7 años.
A cambio de su trabajo (bastante duro, por cierto), el maestro les mantenía, pero no les pagaba sueldo cuando el aprendiz dominaba el oficio, el gremio le hacía una prueba y, si la superaba, pasaba al grado de oficial.
Entonces ya podía cobrar un pequeño sueldo. Con el paso del tiempo, si era capaz de hacer una obra maestra, el gremio le nombraba maestro y entonces podía establecerse por su cuenta.

La escala laboral del gremio

Los gremios establecían los precios de los productos, la cantidad máxima producible, y las horas y días de trabajo.
Con esto se quería evitar la competencia entre los artesanos del gremio, pues consiguiendo que todos vendiesen al mismo precio y que no elaborasen mayor cantidad de productos, evitaban trifulcas en los mercados y ferias y conseguían que no existiesen grandes diferencias económicas entre los artesanos del gremio.
Además, el gremio proporcionaba las materias primas a cada taller, era el encargado de dar permiso para abrir nuevos talleres, y de pasar el control de calidad a los productos elaborados en cada taller.
La escala laboral del gremio se estructuraba en tres niveles: aprendices, oficiales, maestros.
Podia haber todo tipo de gremios. Los aprendices eran la parte inferior del escalafón y puerta de ingreso al gremio.
El acceso estaba limitado pues la finalidad última de los gremios era conseguir un equilibrio armónico entre demanda de obras y número de maestros.
Estaban excluidos musulmanes y judíos; e incluso quienes no pudieran demostrar limpieza de sangre, es decir, los que no fueran cristianos viejos.
La formación se verificaba a través de la firma de un “contrato de aprendizaje”, documento de naturaleza jurídica donde intervenían un maestro que se comprometía a enseñar y un joven que quería aprender.

Los contratos tenían las siguientes cláusulas:
Duración: de 4 a 6 años.
Edad del aprendiz: 12-14 años.
Compromisos del aprendiz:
Obedecer al maestro.
Acudir al obrador todos los días.
No ausentarse
Guardar fidelidad al maestro.

Compromiso del maestro:
Manutención del discípulo.
Adiestrarlo y enseñarle el oficio.
Darle cierta compensación económica.

Compromiso del padre o tutor:
responder jurídicamente de los actos del aprendiz.
Finalización del contrato:
Al terminar el plazo establecido.
Por muerte o enfermedad de una de las partes.
De mutuo acuerdo.

El pan tóxico del medievo

En la España medieval, cuando se agotaba la cosecha de trigo se alimentaban de centeno.
En verano, cuando la nueva cosecha de cereales aún no se había recogido, no había otro remedio que hacer el pan con los restos de centeno que quedaban en los graneros.
A menudo, este cereal estaba infectado de un hongo llamado cornezuelo del ergotismo, que genera entre otras sustancias la ergotamina, de la que deriva el ácido lisérgico (LSD).
La ignorancia de sus propiedades tóxicas de ese hongo permitió que acompañara frecuentemente al grano de centeno empleado para hacer harina, provocando con su consumo atroces y devastadoras enfermedades en la población.
El envenenamiento producía alucinaciones, convulsiones, gangrena e incluso la muerte súbita.
En la Edad Media se describieron frecuentes epidemias por esta causa, a las que se denominó “fuego de San Antonio” o “fiebre de San Antonio”.
Pueblos enteros sufrían los nefastos efectos de este pan alucinógeno.
Se creía que brazos y piernas eran consumidos por el “fuego sagrado”, ya que se oscurecían como el carbón, lo que provocaba intensos dolores, y, a veces, se desprendían del cuerpo sin derramar una gota de sangre.
El único tratamiento consistía en la peregrinación a la ciudad de Santiago de Compostela.
La cura provenía de suspender la ingesta de centeno contaminado, consecuencia lógica de alejarse al emprender el camino.

La peste negra

La peste negra o muerte negra es la pandemia de peste más devastadora en la historia de la humanidad.
En 1348, una enfermedad terrible y desconocida se propagó por Europa, y en pocos años sembró la muerte y la destrucción por todo el continente.
A mediados del siglo XIV, entre 1346 y 1347, estalló la mayor epidemia de peste de la historia de Europa, tan sólo comparable con la que asoló el continente en tiempos del emperador Justiniano (siglos VI-VII).
Desde entonces la peste negra se convirtió en una inseparable compañera de viaje de la población europea, hasta su último brote a principios del siglo XVIII.
Sin embargo, el mal jamás se volvió a manifestar con la virulencia de 1346-1353, cuando impregnó la conciencia y la conducta de las gentes, lo que no es de extrañar.
Por entonces había otras enfermedades endémicas que azotaban constantemente a la población, como la disentería, la gripe, el sarampión y la lepra, la más temida.
Pero la peste tuvo un impacto pavoroso: por un lado, era un huésped inesperado, desconocido y fatal, del cual se ignoraba tanto su origen como su terapia; por otro lado, afectaba a todos, sin distinguir apenas entre pobres y ricos.
Quizá por esto último, porque afectaba a los mendigos, pero no se detenía ante los reyes, tuvo tanto eco en las fuentes escritas, en las que encontramos descripciones tan exageradas como apocalípticas.
Sobre el origen de las enfermedades contagiosas circulaban en la Edad Media explicaciones muy diversas. Algunas, heredadas de la medicina clásica griega, atribuían el mal a los miasmas, es decir, a la corrupción del aire provocada por la emanación de materia orgánica en descomposición, la cual se transmitía al cuerpo humano a través de la respiración o por contacto con la piel.
Hubo quienes imaginaron que la peste podía tener un origen astrológico –ya fuese la conjunción de determinados planetas, los eclipses o bien el paso de cometas– o bien geológico, como producto de erupciones volcánicas y movimientos sísmicos que liberaban gases y efluvios tóxicos. Todos estos hechos se consideraban fenómenos sobrenaturales achacables a la cólera divina por los pecados de la humanidad.
De las ratas al hombre
Únicamente en el siglo XIX se superó la idea de un origen sobrenatural de la peste.
El temor a un posible contagio a escala planetaria de la epidemia, que entonces se había extendido por amplias regiones de Asia, dio un fuerte impulso a la investigación científica, y fue así como los bacteriólogos Kitasato y Yersin, de forma independiente pero casi al unísono, descubrieron que el origen de la peste era la bacteria yersinia pestis, que afectaba a las ratas negras y a otros roedores y se transmitía a través de los parásitos que vivían en esos animales, en especial las pulgas (chenopsylla cheopis), las cuales inoculaban el bacilo a los humanos con su picadura.
La peste era, pues, una zoonosis, una enfermedad que pasa de los animales a los seres humanos.
El contagio era fácil porque ratas y humanos estaban presentes en graneros, molinos y casas –lugares en donde se almacenaba o se transformaba el grano del que se alimentan estos roedores–, circulaban por los mismos caminos y se trasladaban con los mismos medios, como los barcos.
La forma de la enfermedad más corriente era la peste bubónica primaria
La bacteria rondaba los hogares durante un período de entre 16 y 23 días antes de que se manifestaran los primeros síntomas de la enfermedad.
Transcurrían entre tres y cinco días más hasta que se produjeran las primeras muertes, y tal vez una semana más hasta que la población no adquiría conciencia plena del problema en toda su dimensión.
La enfermedad se manifestaba en las ingles, axilas o cuello, con la inflamación de alguno de los nódulos del sistema linfático acompañada de supuraciones y fiebres altas que provocaban en los enfermos escalofríos, rampas y delirio; el ganglio linfático inflamado recibía el nombre de bubón o carbunco, de donde proviene el término «peste bubónica».
La forma de la enfermedad más corriente era la peste bubónica primaria, pero había otras variantes: la peste septicémica, en la cual el contagio pasaba a la sangre, lo que se manifestaba en forma de visibles manchas oscuras en la piel –de ahí el nombre de «muerte negra» que recibió la epidemia–, y la peste neumónica, que afectaba el aparato respiratorio y provocaba una tos expectorante que podía dar lugar al contagio a través del aire. La peste septicémica y la neumónica no dejaban supervivientes.
Origen y propagación
La peste negra de mediados del siglo XIV se extendió rápidamente por las regiones de la cuenca mediterránea y el resto de Europa en pocos años.
El punto de partida se situó en la ciudad comercial de Caffa (actual Feodosia), en la península de Crimea, a orillas del mar Negro.
En 1346, Caffa estaba asediada por el ejército mongol, en cuyas filas se manifestó la enfermedad.
Se dijo que fueron los mongoles quienes extendieron el contagio a los sitiados arrojando sus muertos mediante catapultas al interior de los muros, pero es más probable que la bacteria penetrara a través de ratas infectadas con las pulgas a cuestas.
En todo caso, cuando tuvieron conocimiento de la epidemia, los mercaderes genoveses que mantenían allí una colonia comercial huyeron despavoridos, llevando consigo los bacilos hacia los puntos de destino, en Italia, desde donde se difundió por el resto del continente.
Una de las grandes cuestiones que se plantean es la velocidad de propagación de la peste negra. Algunos historiadores proponen que la modalidad mayoritaria fue la peste neumónica o pulmonar, y que su transmisión a través del aire hizo que el contagio fuera muy rápido. Sin embargo, cuando se afectaban los pulmones y la sangre la muerte se producía de forma segura y en un plazo de horas, de un día como máximo, y a menudo antes de que se desarrollara la tos expectorante, que era el vehículo de transmisión.
Por tanto, dada la rápida muerte de los portadores de la enfermedad, el contagio por esta vía sólo podía producirse en un tiempo muy breve, y su expansión sería más lenta.
La transmisión se produjo a través de barcos y personas que transportaban los fatídicos agentes, las ratas y las pulgas infectadas, entre las mercancías o en sus propios cuerpos.
Los indicios sugieren que la plaga fue, ante todo, de peste bubónica primaria. La transmisión se produjo a través de barcos y personas que transportaban los fatídicos agentes, las ratas y las pulgas infectadas, entre las mercancías o en sus propios cuerpos, y de este modo propagaban la peste, sin darse cuenta, allí donde llegaban. Las grandes ciudades comerciales eran los principales focos de recepción.
Desde ellas, la plaga se transmitía a los burgos y las villas cercanas, que, a su vez, irradiaban el mal hacia otros núcleos de población próximos y hacia el campo circundante.
Al mismo tiempo, desde las grandes ciudades la epidemia se proyectaba hacia otros centros mercantiles y manufactureros situados a gran distancia en lo que se conoce como «saltos metastásicos», por los que la peste se propagaba a través de las rutas marítimas, fluviales y terrestres del comercio internacional, así como por los caminos de peregrinación.
Estas ciudades, a su vez, se convertían en nuevos epicentros de propagación a escala regional e internacional. La propagación por vía marítima podía alcanzar unos 40 kilómetros diarios, mientras que por vía terrestre oscilaba entre 0,5 y 2 kilómetros, con tendencia a aminorar la marcha en estaciones más frías o latitudes con temperaturas e índices de humedad más bajos.
Ello explica que muy pocas regiones se libraran de la plaga; tal vez, sólo Islandia y Finlandia.
A pesar de que muchos contemporáneos huían al campo cuando se detectaba la peste en las ciudades (lo mejor, se decía, era huir pronto y volver tarde), en cierto modo las ciudades eran más seguras, dado que el contagio era más lento porque las pulgas tenían más víctimas a las que atacar. En efecto, se ha constatado que la progresión de las enfermedades infecciosas es más lenta cuanto mayor es la densidad de población, y que la fuga contribuía a propagar el mal sin apenas dejar zonas a salvo; y el campo no escapó de las garras de la epidemia. En cuanto al número de muertes causadas por la peste negra, los estudios recientes arrojan cifras espeluznantes. El índice de mortalidad pudo alcanzar el 60 por ciento en el conjunto de Europa, ya como consecuencia directa de la infección, ya por los efectos indirectos de la desorganización social provocada por la enfermedad, desde las muertes por hambre hasta el fallecimiento de niños y ancianos por abandono o falta de cuidados.
Las cifras del horror
La península Ibérica, por ejemplo, pudo haber pasado de seis millones de habitantes a dos o bien dos y medio, con lo que habría perecido entre el 60 y el 65 por ciento de la población.
Se ha calculado que ésta fue la mortalidad en Navarra, mientras que en Cataluña se situó entre el 50 y el 70 por ciento. Más allá de los Pirineos, los datos abundan en la idea de una catástrofe demográfica.
En Perpiñán fallecieron del 58 al 68 por ciento de notarios y jurisperitos; tasas parecidas afectaron al clero de Inglaterra.
La Toscana, una región italiana caracterizada por su dinamismo económico, perdió entre el 50 y el 60 por ciento de la población: Siena y San Gimignano, alrededor del 60 por ciento; Prato y Bolonia algo menos, sobre el 45 por ciento, y Florencia vio como de sus 92.000 habitantes quedaban poco más de 37.000.
En términos absolutos, los 80 millones de europeos quedaron reducidos a tan sólo 30 entre 1347 y 1353.
El temor a una epidemia planetaria dio un fuerte impulso a la investigación científica
Los brotes posteriores de la epidemia cortaron de raíz la recuperación demográfica de Europa, que no se consolidó hasta casi una centuria más tarde, a mediados del siglo XV. Para entonces eran perceptibles los efectos indirectos de aquella catástrofe.
Durante los decenios que siguieron a la gran epidemia de 1347-1353 se produjo un notorio incremento de los salarios, a causa de la escasez de trabajadores. Hubo, también, una fuerte emigración del campo a las ciudades, que recuperaron su dinamismo.
En el campo, un parte de los campesinos pobres pudieron acceder a tierras abandonadas, por lo que creció el número de campesinos con propiedades medianas, lo que dio un nuevo impulso a la economía rural. Así, algunos autores sostienen que la mortandad provocada por la peste pudo haber acelerado el arranque del Renacimiento y el inicio de la «modernización» de Europa.

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